Al otro lado de la lente: la figura del guionista

Cine

Al otro lado de la lente: la figura del guionista

Por

Begoña Aos Llorens

el 13 Marzo, 2014

@BegoALL

Pese a la preponderancia de la imagen, la palabra, como sinónimo de historia escrita, reivindica su importancia en el ámbito audiovisual. Ocho profesionales del guion audiovisual narran sus experiencias, sus motivaciones, sus métodos de trabajo y su concepción de un oficio sin el cual no existiría la magia del cine ni de la televisión

 

La culpa es del guionista. La culpa de que una historia nos atrape, nos duela, nos embelese o nos torture va más allá del gesto o la imagen; sin una trama tejida con disciplina no hay más que hebras sueltas que convierten el producto final en una suerte de pasatiempo fantasmagórico, sin significado ni contenido.

Películas, series y programas de televisión se nutren, en primera instancia, de una historia cuya solidez determinará invariablemente la calidad del acabado. Esa trama que subyace en la raíz del espacio se asienta en el trabajo, demasiadas veces invisible, de los guionistas. Nadie mejor que ellos, por tanto, para poner palabras a un oficio que se desvanece sin ellas, soporte y responsable de tantas horas de diversión, locura e invitación al sentimiento y a la reflexión.

Cedámosles la palabra.

Typewriter, Helen Johnson

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El guion como esencia, por Roberto Alfaro

Siempre he pensado que un guionista es una mezcla entre un director de cine y un escritor de novela. Paradójicamente, estas dos figuras ven su producto acabado. El guionista, no. Tan solo es el primer eslabón de un proceso complejo y lleno de matices. No es recomendable que se encariñe demasiado con la versión definitiva de su guion; pasará por tantas manos y departamentos que precisamente será todo menos “definitivo”. De ahí que el orgullo y el ego requieran de un control exhaustivo constante.

La película o serie necesita del guion como primer paso esencial para ser rodada, al igual que un cocinero necesita unos ingredientes básicos para preparar un plato. Siguiendo con el ejemplo, una película es un producto visual ya terminado pero es escrita por un guionista como herramienta fundamental, tanto como una receta se come y se saborea como fin último pero es irremediablemente cocinada con anterioridad con los ingredientes justos y adecuados.

El guionista debe visualizar la película que quiere contar. Para plasmarla, requiere de una técnica adecuada, de ponerse a escribir con constancia y de una rutina diaria muy metódica. A continuación vendrán las sucesivas reescrituras, la virtud de la paciencia y, en contadas ocasiones, el éxito.

Roberto Alfaro es guionista del largometraje Ni pies ni cabeza (Antonio del Real, 2012) y del corto Cosquillas (junto a Gabi Ochoa), dirigido por Gabriel García, así como del largometraje “The Child” (actualmente en desarrollo), cuya dirección es de Liteo Deliro.

 

Por qué soy guionista, por Ángela Armero

Desde pequeña me gustaba leer y me gustaba el cine. Por eso la inclinación a escribir guiones surgió como algo natural. Que yo recuerde, nunca he querido hacer otra cosa, ni siquiera en el ejercicio de la profesión, que es a la vez tan maravillosa como desesperante.

Maravillosa, entre otras muchas razones, porque quien escribe tiene la capacidad de crear universos con sentido. Si una chica y un guapísimo desconocido se miran en el autobús, es porque están destinados a estar juntos, no a ser simplemente un momento mágico que se va diluyendo en la memoria con el paso de los días. En la ficción audiovisual todo pasa por algo, y eso ofrece un contraste y un consuelo al carácter aleatorio que parece tener todo lo demás.

Por eso y por muchas más cosas me gusta escribir guiones.

Ángela Armero es profesora y guionista de los cortometrajes La aventura de Rosa (2008) y Entrevista (2011), dirigidos por ella misma, y del largo El diario de Carlota (José Manuel Carrasco, 2010), con Roberto Santiago. Es coordinadora de guion de la serie Velvet, (A3).

Pluma ‘Stipula fountain’, Antonio Litterio

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Entre dos aguas, por Carlos Bassas del Rey

Trabajo como guionista y escribo novelas. Cuando me siento a la mesa de los guionistas, soy el compañero con ínfulas literarias. Cuando el aperitivo es en casa de los escritores, soy el que quiere dedicarse a algo serio de verdad, la literatura. Ambos son lenguajes distintos, con códigos definidos, estilos particulares, estructuras diferenciadas. Sin embargo, todo se reduce a un fondo común: contar historias. Pero cuando uno navega entre dos aguas, como yo, acaba por no ser ni lo uno ni lo otro, y ambas cosas a la vez. Siempre comento a mis alumnos que no hace falta ser un buen escritor para ser un buen guionista. No es necesario tener un dominio mágico del léxico, la adjetivación, la semántica, la construcción gramatical, sino que hay que ser capaz de tejer bien una serie de acciones dentro de una buena trama. Después interviene el talento de otros.

Los guionistas no hacemos literatura. Un guion es una herramienta de trabajo. Lo es todo en una película, pero no es nada si no se rueda. Hay guionistas con mejor pluma que otros, pero no somos literatos. Somos guionistas. El hecho de ser un gran escritor no te cualifica para ser buen guionista -­algunas excepciones, por supuesto, como William Faulkner; el resto, grandes confirmaciones-. Cuando escribo novelas, arrastro conmigo varios elementos de mi faceta de guionista: frases cortas, mucha puntuación, punto y seguido y puntos y coma más que comas; descripciones sucintas y una construcción gramatical sencilla: sujeto, verbo y predicado corto. Y eso me aleja de la literatura, la que bautizan con letras mayúsculas, porque los guionistas no buscamos la belleza literaria cuando escribimos, sino que la película sea buena.

Carlos Bassas es periodista, profesor, escritor y autor de los guiones de cortometraje El ojo de cristal, Sopa de pollo y Basajaun, de los documentales Navarra, tierra de cine, Últimamente y Nicolás y de los largos Manual de relojería y Giri, entre otros.

 

En pijama ante el absurdo, por Daniel Castro

He pensado un poco sobre mi profesión. Y he llegado a la conclusión de que, así como un médico intenta curar y un juez ser justo, un guionista, en mi opinión, intenta contar la verdad.

Si el guionista de ficción se inventa lo que cuenta, ¿de qué verdad estamos hablando? De “la verdad de las mentiras” de la que hablaba Vargas Llosa. Ese resplandor de autenticidad que nos permite entender el drama de El Padrino, porque, pese a no ser mafiosos, sabemos lo que es una familia: cómo protege y asfixia al tiempo. El Padrino suena a verdad. Igual que Blade Runner, con ese futuro en el que se mezclan alta tecnología y cutres puestos de tallarines. El futuro será así, porque el presente ya lo es. Un futuro que no nos presenta la imagen uniforme de otras películas de ciencia ficción se nos hace inmediatamente más verosímil. También suena a verdad Plácido, con su retrato del franquismo, lleno de injusticias leves, paternalismo y humor amargo.

La realidad se nos presenta como un magma complejo y absurdo. Pedimos a la ficción que nos proporcione versiones entretenidas y estilizadas de ese magma, que, sin simplificarlo excesivamente, lo doten de significado. O de la ilusión de un significado.

Así que, si me ves en pijama mirando a las musarañas, no me llames vago: estoy dotando de sentido al mundo.

Daniel Castro es actor, director y guionista de la película Ilusión, así como autor del guion del largometraje Algunas chicas doblan las piernas cuando hablan (Ana Díez, 2001). En televisión ha trabajado en series como Gran Hotel, Supercharly o Yo soy Bea.

Notebook, CeresB

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El guion de ‘Desde el infierno’, por Luis Endera

Al leer el libro de Enrique Laso Desde el infierno hablé con él y le mostré mi intención de hacer una película basada en el libro.

Desde el infierno es un libro que a priori no presentaba gran dificultad en la adaptación ya que cada capítulo era muy descriptivo y la extensión total coincidía casi perfectamente con lo que sería la duración habitual de una película.

La dificultad vino de los pasajes introspectivos. El personaje, según se va desarrollando la historia, reflexiona sobre lo acontecido y elucubra con distintas posibilidades que puedan explicar la verdadera naturaleza de los hechos que le van sucediendo, así como de las informaciones que le van llegando. Decidí que si esos pasajes introspectivos incluían recuerdos podrían ser resueltos mediante flashbacks. Otros pensamientos más dispersos y menos definidos tenían que ser incorporados a pasajes visuales en tiempo real que sugirieran no ya los pensamientos exactos que el protagonista tenía en la cabeza, sino la sensación que estos le generaban.

Los diálogos, en un principio basados casi al 100% en el libro, tuvieron que ser adaptados. Una vez puestos en voz de los actores te das cuenta de que la acción sugiere mucho de lo que está en el texto y hay que hacer un importante trabajo de adaptación. Las lecturas de guion con todo el equipo son fundamentales en este sentido; hay que escuchar todas las proposiciones, ser muy intuitivo y dejar lo que mejor haga funcionar la película.

Luis Endera es músico, director y guionista, responsable de los cortometrajes Ganar el tiempo y Despersona. Actualmente se encuentra inmerso en la postproducción del largometraje Desde el infierno, cuyo guion adapta la novela homónima de Enrique Laso.

 

Idea-Personajes-Historia. El germen de ‘Blue Lips’, por Candela Figueira

El guion de Blue lips empezó con una idea de Maitena: seis personas del mundo sufren un evento en sus vidas que las deja paralizadas, muertas con los labios azules. Por distintas razones, cada una de ellas viaja a Pamplona durante las fiestas de San Fermín, donde sus vidas se entrecruzan y logran renacer.

Con base en esta idea, Daniel Mediavilla y Amaya Muruzábal (guionistas) y Maitena y Candela (productoras) empezaron a desarrollar los seis personajes, quienes tuvieron innumerables vidas (Malena, de 20 años, tuvo 40 y su único deseo era ser madre; Vittorio, un fotógrafo italiano, fue un asesino que viajaba a Pamplona a matar a su padre…) hasta que después de meses de Skype, e-mails, teléfono, viajes y largas charlas, los encontramos. Malena, Sagrario, Kalani, Oliver, Guido y Vittorio tenían vida. Ahora debían encontrarse en su viaje a Pamplona. Amaya, con la ayuda de Daniel, fue cruzando sus vidas de tal manera que esos encuentros parecen inevitables y, juntos, terminaron el guion.

Blue lips nació de una idea, que nos guió para construir los personajes que dieron vida a la historia.

Candela Figueira es fundadora, junto a Maitena Muruzábal, de la productora cinematográfica Cronopia Films. Con ellas ha escrito y dirigido Nevando voy (2008). Actualmente, se centra en la producción de su segundo largo, Luna lunera, y del proyecto colectivo Blue lips.

Notes, Alan Stanton

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La importancia suprema del guion, por Julio Mazarico

Sabido es que una película se escribe tres veces: en guion, en rodaje y en montaje. Siendo así, parece obvio que la primera vez que una película se escribe se debería hacer con la tranquilidad de conocer que hay camino suficiente en el proceso para la mejora y la rectificación, que hay margen para moldear la historia que se quiere contar antes de que ésta llegue a la pantalla. Hay cineastas que así lo creen, que confían en dar un golpe de timón en el rodaje y en el montaje, pero hay otros que otorgan al primer paso de la singladura una importancia casi sagrada. Yo me incluyo en el grupo de cineastas que ponen al guion en los altares. Por mero sentido común.

Hitchcock terminaba de leer un buen guion dando un carpetazo de satisfacción. La película ya estaba hecha, solo quedaba rodarla, siguiendo la senda que marca esa guía escrita que acababa de leer. Personalmente, prefiero incluso no zarpar si no he logrado dar el carpetazo de satisfacción del viejo Hitch. Otorgar esa importancia al guion también convierte su escritura en un proceso misterioso, difícil y admirable.

Julio Mazarico es productor, guionista y director de cine, responsable del Festival Ópera Prima de Tudela y de la Muestra de Cine Español de Tudela. Socio y director creativo de Escorzo Films, es autor de los cortometrajes Cronoturismo y Dramas microscópicos, entre otros.

 

Una profesión deslumbrante y desprotegida, por Daniel Niño

Cuando tu oficio es ser científico la gente admira tu inteligencia; si eres médico, tu altruismo; si eres guionista de humor, te piden que digas “algo gracioso”. Y cuando les haces reír, ni siquiera te tiran un cacahuete para agradecértelo.

El guion es uno de los oficios más deslumbrantes, únicos y terriblemente desprotegidos que tenemos en España. Sin convenios, sin estabilidad, sin ni siquiera un epígrafe propio (hasta el bombero torero tiene epígrafe en la sección de toreros: “GRUPO 054. JEFES DE CUADRILLAS CÓMICAS”). No voy a decir que en otros países no ocurre lo mismo, porque es una frase muy gastada… ¡Qué demonios! En otros países no ocurre lo mismo. Ya lo he dicho.

Sin embargo, los guionistas son creadores de historias, de risas y de llantos. Y no sólo en el cine: en la televisión, en los videojuegos, en la publicidad… Allá donde se cuenten historias hay un guionista encorvado tecleando. Como a tantas otras profesiones hoy, hay que protegerlos de la extinción. Porque, si no, todas esas historias acabarán escribiéndolas bomberos toreros, y no les aseguro que el resultado les vaya a gustar.

Daniel Niño es músico y guionista de programas de televisión como Negocia como puedas y Lo sabe, no lo sabe, emitidos por Cuatro, y de la serie de ficción Los Quién (Antena 3). Actualmente trabaja en los guiones de El pueblo más divertido, que emitirá próximamente TVE.

Portada: Remington Portable, Anthony Albright

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Begoña Aos Llorens

Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra y Graduada en Historia del Arte por la UNED (cursando). Colaboradora en el blog «La Katarsis del Cine Español». Redactora y editora de textos.

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