¿Es que en verdad se vive aquí en la tierra?
¡No para siempre aquí!
Un momento en la tierra
.
El mexicano Nezahualcoyotl cantó y lloró en lugares manchados posteriormente por la infamia, y miles de años atrás, un sumerio babilonio pudo consignar la conminación: “Lo que has amado… lo que has acariciado y más quería tu corazón, como un vestido viejo lo roen hoy los gusanos; lo que has amado, Gilgamesh, está hoy cubierto de polvo”. Ahora bien, ¿Qué es la vida? Un poeta barroco contesta: “Un frenesí/…una ilusión/ que toda la vida es sueño/ y los sueños sueños son”. Pero… ¿Qué es la muerte?: ¿Una ilusión también?. No, es un des-atarse, un des-enlace de los velos de Maya, madre de la ilusión y del devenir.
Nezahualcoyolt
Tal vez parece una coincidencia fatal el que los conceptos madre y muerte comiencen con la letra M. Sí y no. No, para el moderno Edipo que asciende con sus complejos a cuestas la montaña de la existencia y que por ello pronuncia su imprecación favorita, traducible en tierras mexicanas como: “¡Chingada madre!”, “¡Está cabrón!”; aunque emprenderá estoicamente la subida, ya que su madre o su mujer le apremian (finalmente ambas le reglarán con un beso en la mejilla). Sí, para quien vislumbra más allá de la cima el encuentro con la Gran Madre (Magna Mater), consciente de que la conquista lo sitúa en los brazos de Minerva, de Margarita, de María o, mejor, de la vilipendiada Magdalena, y así logra el objetivo del ser humano: la unidad, la perfección.
Hay unanimidad entre muchos pensadores en el sentido de que los llamados “mexicanos” se ríen y quizá se burlan de la muerte; como única razón para preservar sus tradiciones. De acuerdo, pues quienes pierden de vista sus raíces culturales, corren el riesgo de una muerte interna, cercana a la ignorancia o la estupidez. Sin embargo, ¿en realidad se puede reír de aquello que francamente no se entiende; incluso ante el desconocimiento del nombre de lo temido? Un fantasma es tal pues pertenece a aquello incapaz de aprehenderse y comprehenderse, y tal incapacidad motiva incluso frases fantásticas como: “el fantasma de tus besos” o, simplemente, “eres sombra en mi destino”. Problema de semántica apenas soluble, sobre todo cuando se ignora el concepto que muestra (phainén), y cuando no se considera la imagen visible, entonces nacen el maniquí, el “hombrecillo” y el fantoche no cultivados. Si se tuviera garantía de que la Parca o la Moira esboza una sonrisa, o ríe a carcajadas incluso, cuando corta el hilo de la vida, quizá tendría alguna razón la “burla” e indiferencia por este asunto; pero acaso estamos en espera de una respuesta que no sea el silencio o, mucho menos, la risa inflexible de la Moira (nuestra redención y nuestra maldición, con M). Valgan estas líneas para revalorar datos tradicionales, clave de acceso del eslabón perdido.
En la tradición lingüística occidental cabe notar el valor simbólico que la letra M hubo de adquirir desde diferentes aristas de significación, de manera que, por ejemplo, en nuestra lengua destaca un gran puñado de conceptos cuya inicial es M y cuyo parentesco matrilineal parece evidente. Destacan las relativas madre, muerte (mors, mortis), las productivas mar,[1] matriz, materia y madera, y las reflexivas mente, mentira, sentimiento y manía; además de la etéreas marihuana, morfina y Morticia, a los que se agregan las monstruosas menopausia y menstruación.
En referencia con Loeffer, Juan E. Cirlot cita que “entre los arios como entre los semitas, la M ha comenzado siempre las palabras relacionadas con el agua y con el nacimiento de los seres y de los mundos (Mantras, Manou, Maya, Madhava, etc.)”;[2] en efecto, aquello que recibe el nombre de manifestado y producido es tal porque puede “medir” y ser “medido”, de–limitado por la percepción; pero nosotros podríamos agregar a ello el concepto sánscrito mrtyu: “muerte”, como hace Jean Chevalier, quien asocia el simbolismo siniestro del caballo negro con la muerte, y propone considerar la siguiente relación: “viejo eslavo mora, bruja; ruso mora, espectro; polaco mora; checo mura, pesadilla; latín mors, muerte; viejo irlandés marah, muerte, epidemia; lit. maras, muerte, peste; let. meris, peste, y la siniestra Mor [r] igan irlandesa”. Precisamente, la M expresa entonces las nociones de devenir, manifestación y, en tal sentido, medida y límite, es decir, fuente, agua, materia y tierra; como en la noción hermética de materia prima (una gran matriz productora), o como el nombre de la diosa Démeter (méter: “madre”), la gran Madre «diosa de la Cebada»[3] cuyo nombre habría de ser enriquecido por el simbolismo agrícola.
Desde otro punto de vista, recordemos que la letra correspondiente con nuestra M presenta una gran riqueza simbólica por su misma posición numérica; es decir, la sánscrita Ma y la hebrea Mem (מ,ם) corresponden con el número 13, y no es tampoco casual que el arcano 13 del Tarot se denomina La Muerte. Ello simboliza, según Jean Chevalier, “la evolución importante, el duelo, la transformación de los seres y las cosas, el cambio, la fatalidad ineluctable y… la desilusión, la separación, el estoicismo o el desaliento y el pesimismo”.[4]
Ante estas nociones, el ser humano se idealizaba como ser pensante, reflexivo (mendh: “aprender”;[5]men: “pensar”) y mensurado, para distinguirse de los animales; se asumía como formado en la sacralidad del agua y de la tierra (“materia”), además de purificado (cocido) por el fuego del Logos divino, hacia el cual se dirige o del cual se olvida. Ello no es gratuito, cuando reparamos en que Atenea o Minerva (del griego mene: “luna”) nace de la cabeza (de la mente = mneme) de Zeus, luego del golpe con el hacha que recibió de Hefesto; en tanto que la Titánide Mnemósyne personifica la memoria y es madre de las nueve Musas, engendradas en nueve noches con el dios Zeus. No está de más indicar que esta asociación se interpreta como esencial del proceso matricial alquímico por el cual se obtiene el oro rojo a partir de las nueve transmutaciones del cinabrio,[6]que trasforma la muerte en la vida: luego de la eclosión de la crisálida, la doncella (Koré-Perséfone) se hace mujer y puede dar a luz.
Minerva © Mykl Roventine
El mito indica que si en la cabeza reside la facultad mental, ello es gracias a un acto de reflexión comparable con la luz de la luna respecto de la del sol. Aquí, los conceptos menê y mens son equivalentes, pues significan “luna” precisamente, lo que conduce a la noción epistémica de que el pensamiento y el conocimiento del ser sólo son posibles en virtud de juegos de reflexión; señalados ahora etimológicamente por la familiaridad entre los conceptos griego mnéme: “memoria”, y latino mens, mentis: “mente”, además de men: pensar.
Consideremos en este tenor que la raíz indoeuropea mergh (“marcar”) corresponde asimismo con el griego métron: “medida”, y con el latín mes: “lunación”, y mensura: “medida”. He ahí el complejo simbólico que marca profundamente la asociación madre-luna-muerte, ya que el hecho de no lograr un justo medio o de incurrir en la desmesura, nos sitúa en el filo de la navaja; estado paradójico del “lunático”, prisionero en el fondo de una caverna platónica, como Thanhauser, cuyos deseos le hacen prisionero de Venus-Afrodita.
La noción de límite nos muestra una vía de acercamiento a la sabiduría o más precisamente a Sophía, simbolizada por la mujer (Atenea-Minerva, Helena, Beatriz, Margarita). Si consideramos aquí que el concepto sánscrito para el Hombre (con mayúscula y en genérico) es Mánava, correspondiente con Manú, el gran legislador en la tradición védica, y con el alemán mann, y el inglés man, notamos, para la relación vida-muerte, que tradicionalmente la condición humana se caracteriza por una existencia condicionada en tiempo y espacio, y que tal es el significado de diosas como la egipcia Maat, divinidad de la justicia y el orden, y la latina Minerva, que “preside las actividades del intelecto”.
La justa medida, el orden; tal es la condición impuesta por el gran dios cuando creó. Pero el espejo del mar sólo reflejó la forma y la miniatura, es decir, el hombrecito, el maniquí (de man: hombre); “ser humano” reflejo, transparencia ahora finita, y de pronto, maldita; condenada a morir desde que ha nacido a la Humanidad, como el monstruo de Mary Shelley. Ecce homo: he ahí al “hecho a imagen y semejanza”: voluta de humo que vaga y se pierde porque tal vez nunca asumirá que es de tierra (humus) y a la tierra ha de volver. En el mito, el hombre se sabe creatura, amante de la madre y, por añadidura, de la muerte, como es: un ser limitado, pegado a la tierra, justificado por la materia; lo que es igual a desprenderse del ser para instalarse (demencialmente) en el tener: poseer, poseer, poseer, tal como indica el nombre de Caín, el primer asesino mítico y hermano nuestro.
M con M. En la geometría de la demencial M, precisamente, el valor numérico (40) que ésta presenta en ciertas tradiciones, nos conduce al número 4, simbólico de los cuatro orientes del espacio, puestos en relación, por ejemplo, con los cuatro elementos, las cuatro estaciones del año: la medida de espacio y tiempo. Por lo demás, este número es simbolizado ya por la cruz griega o cruz direccional, ya por la cruz de diagonales, también llamada de san Andrés, o letra Xi griega (X). La visión de la letra mem hebrea (ם), casi un cuadrado recto, permite sospechar en su interior el último signo, por los diámetros que la forman. En primer lugar. Notemos ahora una M tal como la conocemos, verticalmente, en un plano de reflexión horizontal con su correspondiente reflejo inverso, y, en segundo lugar, una letra M en posición horizontal o letra griega sigma (Σ). Tenemos cuatro M armonizadas desde un centro preciso, o cuatro triángulos isósceles unidos por su vértice en un cuadrado perfecto.
En esta imagen se superponen un reloj de arena y un hacha doble, símbolos de profunda versatilidad analítica, pues advierte sobre nuestra condición de seres crucificados en la dualidad, tal como habrían de evocar las cruces que pueblan los cementerios. Asimismo, podría considerarse la asociación entre esta imagen y la letra Xi del alfabeto griego, en que se sintetiza la visión soteriológica de la tradición cristiana, para expresar una denominación del Hombre como Xristhós. Por ahora basta con recordar que una cruz como la que figura nuestra letra X, expresa la cualidad de una inversión, ya que de hecho, indican valores límite, como el tiempo y el espacio, condicionantes de la naturaleza humana: así como la balanza expresa la posibilidad del juicio final (como el juicio de los muertos egipcio, presidido por la diosa Maat), el reloj de arena indica la posibilidad de una ruptura de nivel y simboliza la inexorabilidad de la ley cíclica. Es de esta manera como los dualismos evolución-involución, luz-oscuridad, kosmos-khaos, son expresados por el hacha doble y por el número 8 y por el símbolo de infinito, número de la totalidad y del ser humano perfecto.
No obstante, aún podría destacarse el hecho de que si este cuadrado ahora se inscribe dentro de un círculo, resulta evidente la unión de un signo de infinito en una disposición armónica en la horizontal y en la vertical de la cruz direccional. He ahí al Hombre, de-limitado en el mundo, lugar de desarrollo[7] y camino o vía para su perfeccionamiento interior, basado en la búsqueda del centro: quintaesencia de luz trascendente que lo aleja de la caverna de la inconsciencia. En el cuadrado que acabamos de imaginar, formado por cuatro M o cuatro triángulos, se puede ver, desde una perspectiva aérea, el esquema geométrico de una pirámide, como las construidas en Giza o como nuestras entrañables construcciones en Teotihuacan (México), dedicadas al sol y a la luna. El cuatro de la base se supera en el tres de las caras triangulares y ello en conjunto se trasciende en el uno del vértice, marcado por el piramidión: el centro o quinto elemento sintético de las potencias elementales con que es formado el Hombre universal.
Teotihuacan, México © Owen Prior
Por un especial sentimiento de luz más allá de la muerte en los procesos de iniciación, el mundo recibió entre los pitagóricos el nombre de “caverna”, aunque ya se denominaba a la tumba como “cámara de Perséfone”; asimismo, los sabios de un ya remoto Egipto mistérico erigían grandiosas tumbas a los hijos del sol, pues la muerte para ellos era pauta del devenir cíclico, pues el sarcófago de oro –embrión primordial– no era sino réplica de la barca celeste donde el dios solar Ra lo esperaría para continuar en unidad el viaje inmortal.
Joseph Campbell dice que “el ciclo es aquel que va de la tumba del vientre al vientre de la tumba”;[8] ello lo consigna el mismo término de “humano” (del latín humus: tierra), y no es gratuito: el mismo nombre de Adán (nuestro “padre” mítico) deriva del hebreo Adah, que significa “tierra”, y que Eva es la sabiduría, el vehículo o la vía de la perfección, pues su nombre significa “Vida” o “La viviente”. En este sentido, René Guénon aclara que “la Serpiente (árabe: el-hayyah) está, tanto etimológica como mitológicamente, vinculada con Eva”,[9]“y que este nombre “no es sino una derivación del mismo nombre… pero ahora en su noción femenina: «El nombre Hawâ [árabe, ‘Eva’] expresa la idea de vida (hayât), de modo que se ve inmediatamente su relación con el corazón, sede del ‘centro vital’, del cual el triángulo invertido es el símbolo geométrico».[10]
William Blake, Temptation of Eve, 1808 © Carulmare
Notemos ahora en la letra griega sigma (ς) la forma relacionada con la S y con el símbolo de la serpiente, y que el concepto Sophía (con una Σ, que no parece sino una M en posición horizontal) se asocia con la serpiente, pues la palabra ophis (“serpiente”) se vincula estrechamente con el de Sophía (“Sabiduría”), puesto que el cambio de piel de los ofidios se debe interpretar en razón de un simbolismo iniciático, fundado en pautas de transformación y regeneración o renacimiento, tal como indica el número 13 (12 + 1 = 13 = nuevo ciclo; ó 12 + 1 = 13 = 1 + 3 = 4 = manifestación, totalidad).
Desde esta perspectiva, el mandato de crecer y multiplicarse consiste en sembrar la buena simiente cuyos frutos alimentarán a las nuevas generaciones, pues “esperanza” proviene de spe, spei: “aumentar”, “ampliarse”, “prosperar”, y es relativa con sperma: “semillas”; “cosas que se esparcen”, de sper: “esparcir”; así como con semen, -is: “semilla”).[11]En efecto, somos de tierra, o de maíz, sí, pero con una decidida vocación de unidad con la Magna Mater, tierra y agua, y que se denomina límite, finitud, tiempo y espacio, en otras palabras, duración y extensión precisas, en un viaje existencial condenado al fracaso o al olvido, apenas paliado por la experiencia del orgasmo (“muerte pequeñita”, como el sueño).
Es un hecho que cuando escuchamos la palabra “serpiente”, una cuerda sensible vibra en nuestra alma: experimentamos miedo, aversión o, en el peor de los casos, un instinto asesino. Tal vez, estos sentimientos encontrados remuevan vestigios oscuros en nuestra psique, y que por ello seamos capaces ya de reír del chiste misógino o ya de rivalizar con la mujer por el hecho de crear vida, hasta convertirnos en otro Caín, el médico de su envidia.[12]Si lo aceptamos así, culturalmente el varón enfrenta a la mujer en lucha encarnizada por tener más (y entre varones, por tener-la más grande). La megalomanía y la misoginia heredadas como impronta insalvable –creo yo– se agiganta, en tanto se es incapaz de dar justa dimensión al elemento femenino. “Todo por culpa de Eva”; “todo por culpa de Pandora”, objetan los jóvenes cuando leen mitología griega y cuando reflexionan sus clases de catecismo. Y es que la mujer se ha ido “afantasmando” hasta convertirse en objeto utilitario o mercantil. (“México” proviene de una palabra náhuatl, Métztli, que significa “Luna”, y así, entre bromas y veras, podríamos cuestionar la razón de que estas tierras dominadas por la luna, sean abono de cultivo del “macho” mexicano, de sombrerote y todo, como La Catrina.)
El chiste señalaría que si el varón trata de comprender a la mujer, está condenado a la estupidez; yo, viajante de estas latitudes absurdas, diría que el que se esmere en ello y sea capaz de hacerlo, encontrará la margarita, la perla de la sabiduría trascendental, después de su viaje paradójico. Por más que se piense hijo del sol o le dé o por aullar su nostalgia de paraíso a la diosa de la luz, el hombre debe reflexionar aún sus modos de existencia, ya que la medida de sus deseos debe ser la evolución y no la involución: límite marcado por esta madreperla del caprichoso devenir.
Asumamos que no se puede entender el cosmos sin el caos o la vida sin la muerte. El simbolismo constituye un recurso, como una vía para posibilitar la ruptura que permita pasar de la oscuridad a la luz. Así lo entendieron las antiguas culturas diseminadas en los cuatro orientes de la geografía sagrada: lloraron la muerte, pero también la celebraron, no como fórmula carente de espiritualidad, sino como esencia de un ciclo que da paso a otro trascendente. Dicen que en México la muerte es reída. ¿Será? ¿No se trata, más bien, de una risa carente, como es, de una noción fantástica o “afantasmada” como la esperanza? Problema del “hombre blanco”, dirían algunos para salir al paso; pero este “hombre blanco”, como Alejandro El Grande, utiliza el hacha o la espada para cortar de tajo el nudo gordiano que le dará poder e inmortalidad, pero una corta vida: “sólo un momento aquí”.
[1] “Mar” proviene del indoeuropeo mori-: “extensión de agua”.
[2] Jean Chevalier. Diccionario de los símbolos. p. 212. Mantra es una fórmula sonora de encantamiento (como el Om), Manú es el gran Hombre (Legislador primordial) y Maya es “Madre de todas las formas” y “eterna tejedora del velo de las ilusiones” (Juan E. Cirlot. Diccionario de los símbolos. p. 77).
[3] Robert Graves. Los mitos griegos. I. p. 42.
[4] Jean Chevalier. op. cit. p. 732.
[5] Entre las ciencias, la palabra “matemáticas” proviene de esta raíz verbal.
[6] cfr. Jean Chevalier. op. cit. pp. 760-1.
[7] Locus = lugar, en latín; loka = mundo, en sánscrito.
[8] Joseph Campbell. El héroe de las mil caras. p. 15.
[9] íbid. p. 412. Véase también: Juan E. Cirlot. op. cit. p. 52.
[10] René Guénon. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. p. 411.
[11] Guido Gómez de Silva. Breve diccionario de la lengua española. pp. 274 y 633.
[12] ¿Es necesario indicar que “médico” también proviene de me–: “medir”, “tomar medidas”, y a su vez “curar”, aliviar” “cuidar”? Véase: íbid. p. 446.
EtimologíaMadreMinervaMuerteTierra
M con M, madre y muerte: Reflexiones sobre vida y mortalidad
Ensayo
M con M, madre y muerte
Por
Juan Guerra Reyes
el 10 septiembre, 2013
@JuanGuerraR
¿Es que en verdad se vive aquí en la tierra?
¡No para siempre aquí!
Un momento en la tierra
.
El mexicano Nezahualcoyotl cantó y lloró en lugares manchados posteriormente por la infamia, y miles de años atrás, un sumerio babilonio pudo consignar la conminación: “Lo que has amado… lo que has acariciado y más quería tu corazón, como un vestido viejo lo roen hoy los gusanos; lo que has amado, Gilgamesh, está hoy cubierto de polvo”. Ahora bien, ¿Qué es la vida? Un poeta barroco contesta: “Un frenesí/…una ilusión/ que toda la vida es sueño/ y los sueños sueños son”. Pero… ¿Qué es la muerte?: ¿Una ilusión también?. No, es un des-atarse, un des-enlace de los velos de Maya, madre de la ilusión y del devenir.
Nezahualcoyolt
Tal vez parece una coincidencia fatal el que los conceptos madre y muerte comiencen con la letra M. Sí y no. No, para el moderno Edipo que asciende con sus complejos a cuestas la montaña de la existencia y que por ello pronuncia su imprecación favorita, traducible en tierras mexicanas como: “¡Chingada madre!”, “¡Está cabrón!”; aunque emprenderá estoicamente la subida, ya que su madre o su mujer le apremian (finalmente ambas le reglarán con un beso en la mejilla). Sí, para quien vislumbra más allá de la cima el encuentro con la Gran Madre (Magna Mater), consciente de que la conquista lo sitúa en los brazos de Minerva, de Margarita, de María o, mejor, de la vilipendiada Magdalena, y así logra el objetivo del ser humano: la unidad, la perfección.
Hay unanimidad entre muchos pensadores en el sentido de que los llamados “mexicanos” se ríen y quizá se burlan de la muerte; como única razón para preservar sus tradiciones. De acuerdo, pues quienes pierden de vista sus raíces culturales, corren el riesgo de una muerte interna, cercana a la ignorancia o la estupidez. Sin embargo, ¿en realidad se puede reír de aquello que francamente no se entiende; incluso ante el desconocimiento del nombre de lo temido? Un fantasma es tal pues pertenece a aquello incapaz de aprehenderse y comprehenderse, y tal incapacidad motiva incluso frases fantásticas como: “el fantasma de tus besos” o, simplemente, “eres sombra en mi destino”. Problema de semántica apenas soluble, sobre todo cuando se ignora el concepto que muestra (phainén), y cuando no se considera la imagen visible, entonces nacen el maniquí, el “hombrecillo” y el fantoche no cultivados. Si se tuviera garantía de que la Parca o la Moira esboza una sonrisa, o ríe a carcajadas incluso, cuando corta el hilo de la vida, quizá tendría alguna razón la “burla” e indiferencia por este asunto; pero acaso estamos en espera de una respuesta que no sea el silencio o, mucho menos, la risa inflexible de la Moira (nuestra redención y nuestra maldición, con M). Valgan estas líneas para revalorar datos tradicionales, clave de acceso del eslabón perdido.
En la tradición lingüística occidental cabe notar el valor simbólico que la letra M hubo de adquirir desde diferentes aristas de significación, de manera que, por ejemplo, en nuestra lengua destaca un gran puñado de conceptos cuya inicial es M y cuyo parentesco matrilineal parece evidente. Destacan las relativas madre, muerte (mors, mortis), las productivas mar,[1] matriz, materia y madera, y las reflexivas mente, mentira, sentimiento y manía; además de la etéreas marihuana, morfina y Morticia, a los que se agregan las monstruosas menopausia y menstruación.
En referencia con Loeffer, Juan E. Cirlot cita que “entre los arios como entre los semitas, la M ha comenzado siempre las palabras relacionadas con el agua y con el nacimiento de los seres y de los mundos (Mantras, Manou, Maya, Madhava, etc.)”;[2] en efecto, aquello que recibe el nombre de manifestado y producido es tal porque puede “medir” y ser “medido”, de–limitado por la percepción; pero nosotros podríamos agregar a ello el concepto sánscrito mrtyu: “muerte”, como hace Jean Chevalier, quien asocia el simbolismo siniestro del caballo negro con la muerte, y propone considerar la siguiente relación: “viejo eslavo mora, bruja; ruso mora, espectro; polaco mora; checo mura, pesadilla; latín mors, muerte; viejo irlandés marah, muerte, epidemia; lit. maras, muerte, peste; let. meris, peste, y la siniestra Mor [r] igan irlandesa”. Precisamente, la M expresa entonces las nociones de devenir, manifestación y, en tal sentido, medida y límite, es decir, fuente, agua, materia y tierra; como en la noción hermética de materia prima (una gran matriz productora), o como el nombre de la diosa Démeter (méter: “madre”), la gran Madre «diosa de la Cebada»[3] cuyo nombre habría de ser enriquecido por el simbolismo agrícola.
Desde otro punto de vista, recordemos que la letra correspondiente con nuestra M presenta una gran riqueza simbólica por su misma posición numérica; es decir, la sánscrita Ma y la hebrea Mem (מ,ם) corresponden con el número 13, y no es tampoco casual que el arcano 13 del Tarot se denomina La Muerte. Ello simboliza, según Jean Chevalier, “la evolución importante, el duelo, la transformación de los seres y las cosas, el cambio, la fatalidad ineluctable y… la desilusión, la separación, el estoicismo o el desaliento y el pesimismo”.[4]
Ante estas nociones, el ser humano se idealizaba como ser pensante, reflexivo (mendh: “aprender”;[5]men: “pensar”) y mensurado, para distinguirse de los animales; se asumía como formado en la sacralidad del agua y de la tierra (“materia”), además de purificado (cocido) por el fuego del Logos divino, hacia el cual se dirige o del cual se olvida. Ello no es gratuito, cuando reparamos en que Atenea o Minerva (del griego mene: “luna”) nace de la cabeza (de la mente = mneme) de Zeus, luego del golpe con el hacha que recibió de Hefesto; en tanto que la Titánide Mnemósyne personifica la memoria y es madre de las nueve Musas, engendradas en nueve noches con el dios Zeus. No está de más indicar que esta asociación se interpreta como esencial del proceso matricial alquímico por el cual se obtiene el oro rojo a partir de las nueve transmutaciones del cinabrio,[6]que trasforma la muerte en la vida: luego de la eclosión de la crisálida, la doncella (Koré-Perséfone) se hace mujer y puede dar a luz.
Minerva © Mykl Roventine
El mito indica que si en la cabeza reside la facultad mental, ello es gracias a un acto de reflexión comparable con la luz de la luna respecto de la del sol. Aquí, los conceptos menê y mens son equivalentes, pues significan “luna” precisamente, lo que conduce a la noción epistémica de que el pensamiento y el conocimiento del ser sólo son posibles en virtud de juegos de reflexión; señalados ahora etimológicamente por la familiaridad entre los conceptos griego mnéme: “memoria”, y latino mens, mentis: “mente”, además de men: pensar.
Consideremos en este tenor que la raíz indoeuropea mergh (“marcar”) corresponde asimismo con el griego métron: “medida”, y con el latín mes: “lunación”, y mensura: “medida”. He ahí el complejo simbólico que marca profundamente la asociación madre-luna-muerte, ya que el hecho de no lograr un justo medio o de incurrir en la desmesura, nos sitúa en el filo de la navaja; estado paradójico del “lunático”, prisionero en el fondo de una caverna platónica, como Thanhauser, cuyos deseos le hacen prisionero de Venus-Afrodita.
La noción de límite nos muestra una vía de acercamiento a la sabiduría o más precisamente a Sophía, simbolizada por la mujer (Atenea-Minerva, Helena, Beatriz, Margarita). Si consideramos aquí que el concepto sánscrito para el Hombre (con mayúscula y en genérico) es Mánava, correspondiente con Manú, el gran legislador en la tradición védica, y con el alemán mann, y el inglés man, notamos, para la relación vida-muerte, que tradicionalmente la condición humana se caracteriza por una existencia condicionada en tiempo y espacio, y que tal es el significado de diosas como la egipcia Maat, divinidad de la justicia y el orden, y la latina Minerva, que “preside las actividades del intelecto”.
La justa medida, el orden; tal es la condición impuesta por el gran dios cuando creó. Pero el espejo del mar sólo reflejó la forma y la miniatura, es decir, el hombrecito, el maniquí (de man: hombre); “ser humano” reflejo, transparencia ahora finita, y de pronto, maldita; condenada a morir desde que ha nacido a la Humanidad, como el monstruo de Mary Shelley. Ecce homo: he ahí al “hecho a imagen y semejanza”: voluta de humo que vaga y se pierde porque tal vez nunca asumirá que es de tierra (humus) y a la tierra ha de volver. En el mito, el hombre se sabe creatura, amante de la madre y, por añadidura, de la muerte, como es: un ser limitado, pegado a la tierra, justificado por la materia; lo que es igual a desprenderse del ser para instalarse (demencialmente) en el tener: poseer, poseer, poseer, tal como indica el nombre de Caín, el primer asesino mítico y hermano nuestro.
M con M. En la geometría de la demencial M, precisamente, el valor numérico (40) que ésta presenta en ciertas tradiciones, nos conduce al número 4, simbólico de los cuatro orientes del espacio, puestos en relación, por ejemplo, con los cuatro elementos, las cuatro estaciones del año: la medida de espacio y tiempo. Por lo demás, este número es simbolizado ya por la cruz griega o cruz direccional, ya por la cruz de diagonales, también llamada de san Andrés, o letra Xi griega (X). La visión de la letra mem hebrea (ם), casi un cuadrado recto, permite sospechar en su interior el último signo, por los diámetros que la forman. En primer lugar. Notemos ahora una M tal como la conocemos, verticalmente, en un plano de reflexión horizontal con su correspondiente reflejo inverso, y, en segundo lugar, una letra M en posición horizontal o letra griega sigma (Σ). Tenemos cuatro M armonizadas desde un centro preciso, o cuatro triángulos isósceles unidos por su vértice en un cuadrado perfecto.
En esta imagen se superponen un reloj de arena y un hacha doble, símbolos de profunda versatilidad analítica, pues advierte sobre nuestra condición de seres crucificados en la dualidad, tal como habrían de evocar las cruces que pueblan los cementerios. Asimismo, podría considerarse la asociación entre esta imagen y la letra Xi del alfabeto griego, en que se sintetiza la visión soteriológica de la tradición cristiana, para expresar una denominación del Hombre como Xristhós. Por ahora basta con recordar que una cruz como la que figura nuestra letra X, expresa la cualidad de una inversión, ya que de hecho, indican valores límite, como el tiempo y el espacio, condicionantes de la naturaleza humana: así como la balanza expresa la posibilidad del juicio final (como el juicio de los muertos egipcio, presidido por la diosa Maat), el reloj de arena indica la posibilidad de una ruptura de nivel y simboliza la inexorabilidad de la ley cíclica. Es de esta manera como los dualismos evolución-involución, luz-oscuridad, kosmos-khaos, son expresados por el hacha doble y por el número 8 y por el símbolo de infinito, número de la totalidad y del ser humano perfecto.
No obstante, aún podría destacarse el hecho de que si este cuadrado ahora se inscribe dentro de un círculo, resulta evidente la unión de un signo de infinito en una disposición armónica en la horizontal y en la vertical de la cruz direccional. He ahí al Hombre, de-limitado en el mundo, lugar de desarrollo[7] y camino o vía para su perfeccionamiento interior, basado en la búsqueda del centro: quintaesencia de luz trascendente que lo aleja de la caverna de la inconsciencia. En el cuadrado que acabamos de imaginar, formado por cuatro M o cuatro triángulos, se puede ver, desde una perspectiva aérea, el esquema geométrico de una pirámide, como las construidas en Giza o como nuestras entrañables construcciones en Teotihuacan (México), dedicadas al sol y a la luna. El cuatro de la base se supera en el tres de las caras triangulares y ello en conjunto se trasciende en el uno del vértice, marcado por el piramidión: el centro o quinto elemento sintético de las potencias elementales con que es formado el Hombre universal.
Teotihuacan, México © Owen Prior
Por un especial sentimiento de luz más allá de la muerte en los procesos de iniciación, el mundo recibió entre los pitagóricos el nombre de “caverna”, aunque ya se denominaba a la tumba como “cámara de Perséfone”; asimismo, los sabios de un ya remoto Egipto mistérico erigían grandiosas tumbas a los hijos del sol, pues la muerte para ellos era pauta del devenir cíclico, pues el sarcófago de oro –embrión primordial– no era sino réplica de la barca celeste donde el dios solar Ra lo esperaría para continuar en unidad el viaje inmortal.
Joseph Campbell dice que “el ciclo es aquel que va de la tumba del vientre al vientre de la tumba”;[8] ello lo consigna el mismo término de “humano” (del latín humus: tierra), y no es gratuito: el mismo nombre de Adán (nuestro “padre” mítico) deriva del hebreo Adah, que significa “tierra”, y que Eva es la sabiduría, el vehículo o la vía de la perfección, pues su nombre significa “Vida” o “La viviente”. En este sentido, René Guénon aclara que “la Serpiente (árabe: el-hayyah) está, tanto etimológica como mitológicamente, vinculada con Eva”,[9]“y que este nombre “no es sino una derivación del mismo nombre… pero ahora en su noción femenina: «El nombre Hawâ [árabe, ‘Eva’] expresa la idea de vida (hayât), de modo que se ve inmediatamente su relación con el corazón, sede del ‘centro vital’, del cual el triángulo invertido es el símbolo geométrico».[10]
William Blake, Temptation of Eve, 1808 © Carulmare
Notemos ahora en la letra griega sigma (ς) la forma relacionada con la S y con el símbolo de la serpiente, y que el concepto Sophía (con una Σ, que no parece sino una M en posición horizontal) se asocia con la serpiente, pues la palabra ophis (“serpiente”) se vincula estrechamente con el de Sophía (“Sabiduría”), puesto que el cambio de piel de los ofidios se debe interpretar en razón de un simbolismo iniciático, fundado en pautas de transformación y regeneración o renacimiento, tal como indica el número 13 (12 + 1 = 13 = nuevo ciclo; ó 12 + 1 = 13 = 1 + 3 = 4 = manifestación, totalidad).
Desde esta perspectiva, el mandato de crecer y multiplicarse consiste en sembrar la buena simiente cuyos frutos alimentarán a las nuevas generaciones, pues “esperanza” proviene de spe, spei: “aumentar”, “ampliarse”, “prosperar”, y es relativa con sperma: “semillas”; “cosas que se esparcen”, de sper: “esparcir”; así como con semen, -is: “semilla”).[11]En efecto, somos de tierra, o de maíz, sí, pero con una decidida vocación de unidad con la Magna Mater, tierra y agua, y que se denomina límite, finitud, tiempo y espacio, en otras palabras, duración y extensión precisas, en un viaje existencial condenado al fracaso o al olvido, apenas paliado por la experiencia del orgasmo (“muerte pequeñita”, como el sueño).
Es un hecho que cuando escuchamos la palabra “serpiente”, una cuerda sensible vibra en nuestra alma: experimentamos miedo, aversión o, en el peor de los casos, un instinto asesino. Tal vez, estos sentimientos encontrados remuevan vestigios oscuros en nuestra psique, y que por ello seamos capaces ya de reír del chiste misógino o ya de rivalizar con la mujer por el hecho de crear vida, hasta convertirnos en otro Caín, el médico de su envidia.[12]Si lo aceptamos así, culturalmente el varón enfrenta a la mujer en lucha encarnizada por tener más (y entre varones, por tener-la más grande). La megalomanía y la misoginia heredadas como impronta insalvable –creo yo– se agiganta, en tanto se es incapaz de dar justa dimensión al elemento femenino. “Todo por culpa de Eva”; “todo por culpa de Pandora”, objetan los jóvenes cuando leen mitología griega y cuando reflexionan sus clases de catecismo. Y es que la mujer se ha ido “afantasmando” hasta convertirse en objeto utilitario o mercantil. (“México” proviene de una palabra náhuatl, Métztli, que significa “Luna”, y así, entre bromas y veras, podríamos cuestionar la razón de que estas tierras dominadas por la luna, sean abono de cultivo del “macho” mexicano, de sombrerote y todo, como La Catrina.)
El chiste señalaría que si el varón trata de comprender a la mujer, está condenado a la estupidez; yo, viajante de estas latitudes absurdas, diría que el que se esmere en ello y sea capaz de hacerlo, encontrará la margarita, la perla de la sabiduría trascendental, después de su viaje paradójico. Por más que se piense hijo del sol o le dé o por aullar su nostalgia de paraíso a la diosa de la luz, el hombre debe reflexionar aún sus modos de existencia, ya que la medida de sus deseos debe ser la evolución y no la involución: límite marcado por esta madreperla del caprichoso devenir.
Asumamos que no se puede entender el cosmos sin el caos o la vida sin la muerte. El simbolismo constituye un recurso, como una vía para posibilitar la ruptura que permita pasar de la oscuridad a la luz. Así lo entendieron las antiguas culturas diseminadas en los cuatro orientes de la geografía sagrada: lloraron la muerte, pero también la celebraron, no como fórmula carente de espiritualidad, sino como esencia de un ciclo que da paso a otro trascendente. Dicen que en México la muerte es reída. ¿Será? ¿No se trata, más bien, de una risa carente, como es, de una noción fantástica o “afantasmada” como la esperanza? Problema del “hombre blanco”, dirían algunos para salir al paso; pero este “hombre blanco”, como Alejandro El Grande, utiliza el hacha o la espada para cortar de tajo el nudo gordiano que le dará poder e inmortalidad, pero una corta vida: “sólo un momento aquí”.
[1] “Mar” proviene del indoeuropeo mori-: “extensión de agua”.
[2] Jean Chevalier. Diccionario de los símbolos. p. 212. Mantra es una fórmula sonora de encantamiento (como el Om), Manú es el gran Hombre (Legislador primordial) y Maya es “Madre de todas las formas” y “eterna tejedora del velo de las ilusiones” (Juan E. Cirlot. Diccionario de los símbolos. p. 77).
[3] Robert Graves. Los mitos griegos. I. p. 42.
[4] Jean Chevalier. op. cit. p. 732.
[5] Entre las ciencias, la palabra “matemáticas” proviene de esta raíz verbal.
[6] cfr. Jean Chevalier. op. cit. pp. 760-1.
[7] Locus = lugar, en latín; loka = mundo, en sánscrito.
[8] Joseph Campbell. El héroe de las mil caras. p. 15.
[9] íbid. p. 412. Véase también: Juan E. Cirlot. op. cit. p. 52.
[10] René Guénon. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. p. 411.
[11] Guido Gómez de Silva. Breve diccionario de la lengua española. pp. 274 y 633.
[12] ¿Es necesario indicar que “médico” también proviene de me–: “medir”, “tomar medidas”, y a su vez “curar”, aliviar” “cuidar”? Véase: íbid. p. 446.
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Juan Guerra Reyes
Maestrante del Posgrado en Letras españolas de la UNAM, docente de literatura y etimólogo al que interesa el saber tradicional velado en la palabra. Estudioso del arte teatral de Antonio Buero Vallejo; así lo muestra en su publicación ‘La mirada detenida. Reflexiones y aprehensiones, una investigación simbólica del arte dramático’. Se autodefine como buscador de símbolos.
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