Alain Resnais en Buenos Aires

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Alain Resnais en Buenos Aires

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el 7 abril, 2014

Por Antonio Costa Gómez

Mi película preferida era “El año pasado en Mariembad” y tenía que  hacer que la viviera conmigo, yo estaba fascinado por Alain Resnais, el de “Hiroshima mon amour”, el de “Muriel”, el de “Je t´aime, je t´aime”, me fascinaban sus indagaciones en el tiempo y en la memoria, como muestra que somos una incertidumbre y una sombra intensa, que el tiempo nos da dignidad y la memoria nos recrea,  que el tiempo está en la mente y lo somos todo en la mente, que el tiempo todo se convierte en leyenda y ya no importa cuál fue la realidad,  me fascinaba  el personaje que insiste en que el año pasado acordó en Mariembad con la mujer que se escaparían juntos, y eso pudo ocurrir el año pasado, pudo no ocurrir, puede estar solo en su mente, pero en cualquier caso está en sus palabras, en sus visiones,  y es más intenso que nada, es una idea, es la obsesión de escaparse, de marcharse juntos en la noche, de romper las sujeciones y  automatismos.

Nos pusimos a ver la película, los encuentros pudieron ocurrir de ese modo o del otro, puede ser todo imaginado, puede ser todo una película, cualquiera sabe qué es lo cierto, pero en todo caso está ahí y es una incitación, ese hombre persigue a la mujer a través de los salones, de los jardines, en los cuartos, junto a las estatuas, en los pasillos, en las escaleras, en los recuerdos o los falsos recuerdos o las invenciones, en las incertidumbres del tiempo, en las sombras, en las palabras, en las ilusiones, ese hombre quiere arrastrarla hacia la noche, y al final, después de tantos obstáculos, después de versiones y de imágenes diferentes (al fin y al cabo no somos más que imágenes, el caso es  si son  ardientes o muertas) consigue irse con ella, mientras los demás en el palacio juegan el mismo juego sin fin, y los dos se pierden en forma de luces en la noche.

A mí esa película siempre me hacía temblar, la admiré desde mucho antes de verla, desde que supe de qué trataba y vi algunos fotogramas obsesionantes y conocí algunas frases sueltas, para mí es el colmo de la intensidad, del atrevimiento, de la locura, porque rompe todas las reglas del realismo para instalarse en el puro cine, en las puras imágenes, y nos dice como la memoria lo estiliza todo, lo intensifica todo, lo rescata de la vulgaridad del presente, y reconocer que somos tiempo y que somos imágenes puede hacer que queramos incendiarnos (como hizo con las palabras Alejandra Pizarnik), o preservar para siempre una imagen  (como hizo  el personaje de Bioy Casares en “La invención de Morel”), ella se embarcó conmigo en  la película, noté cómo vibraba con cada fotograma, con cada estancia de ese palacio enigmático, con la inmovilidad de las estatuas, con los dioses de mármol que parecen huir  en el mirador que se asoma al  jardín, con cada una de las expresiones de ese personaje obsesionado que sueña a la mujer y la recuerda a su modo y quiere llevarla.

 Así  yo podría legendarizar aquella nuestra estancia en Buenos Aires, decir lo que pasó aquel año en Buenos Aires, destilarlo todo a través de la memoria que reinventa las cosas, que  se queda con su perfume, ¿qué importa lo que fue real a cada momento si lo que queda son ciertas instantáneas que nos ensalzan? yo la recuerdo a mi lado junto a la mesa, mirando la película en el ordenador de cara al balcón, creo que yo  tenía  mi copa de whisky de las noches, y ella miraba en posturas  intensificadoras, parecía que miraba hacia abajo pero estaba levantando los ojos, parecía que los tenía hacia un lado pero los estaba torciendo para sorprender radicalmente las imágenes, casi nunca miraba de frente trivialmente, su mirar era como una aventura, como si ocurriese algo radical en su vida, la recuerdo en aquel silencio loco cuando ni siquiera me acariciaba la cabeza, estaba toda ella secuestrada por la película, colgada  como si en ella  le fuera  la vida , le fascinaba ese palacio laberíntico, interminable, desorientador, con los techos llenos de molduras y lámparas, las paredes repletas de adornos barrocos, las fiestas míticas, los paseos interminables del jardín las estatuas que soltaban todo su significado con los gestos, hermoso, decía, sacudiendo la cabeza con  contundencia, la película nos había inundado a los dos, teníamos esa conjunción que les ocurre a Castel y María en la novela de Sábato al mirar el cuadro, y así, cuando después caía la noche,  yo también sentía como Resnais que los dos éramos tiempo que pasaba, imágenes,  sombras  que vagaban,  seres que se construían en la memoria, que se estaban haciendo una casa en el recuerdo, lo más alto ya ha ocurrido algún día como dicen los órficos, y solo tenemos que recordarlo.

Fotogramas de la película ‘El año pasado en Mariembad’

Alain ResnaisBuenos AiresEl año pasado en MariembadMariembad


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Divulgación cultural con espíritu crítico. Abierta a los lectores de habla hispana, aborda el estudio de las todas las sociedades apostando por la juventud y por el talento.

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